Lo inesperado.

Si he conocido algo
más inesperado que la muerte
ha sido siempre
la propia vida.

Porque uno puede llegar
a esperar a morir
durante toda su vida,
hacerla muy lejana,
casi olvidada,
o traerla a la vuelta de la esquina
y convertirla en una esquirla
que se clava en el pulmón,
o simplemente ser paciente
y comprender que, algún día,
en una hora indefensa,
vendrá la muerte a ti,
acaudalada y soberana,
y te abrazará conquistadora
como nadie lo ha hecho nunca,
y como nunca habrías imaginado.

En cambio,
la vida es imprecisa,
se rige por unas reglas
inquebrantables
e imprevisibles.
Puedes organizar
toda la historia de tu vida
y, de repente y sin previo aviso,
un niño en Marruecos
te pide una moneda
y tú sonríes levemente
porque puedes ayudar a alguien,
y cambiar, al menos, un futuro.

Es más una cuestión de fe:
la vida misma se te aparece
y no puedes huir de ella.
Porque la muerte
se puede eludir,
pero la vida siempre,
siempre, es inesperada.

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