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Mostrando entradas de noviembre, 2012

A primera vista.

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Vivo encerrado en mi habitación. Toda ella es mi Mundo interior, y en ella amplío mis horizontes, como si en doce metros cuadrados pudiera inventar una vida que mereciera la pena contar. He empezado por construir muros a mi alrededor, porque he visto de lo que somos capaces las personas. Tengo miedo de mí mismo (soy el máximo culpable del destino que tengo por delante). Y vivir un triángulo amoroso de dos personas que son la misma en realidad, es mi principio de bipolaridad. Se extiende la noche sobre las esquinas de la ventana como una sábana lo hace en la cama. La lámpara enfoca coqueta hacia mis manos, las cuales bailan, coquetas también, con el contraluz que dibujan las sombras. Y pienso que todos somos sombras, la parte más limitada de lo que aspiramos a ser. Hallo grietas en las paredes de mi habitación, y las dudas de quién pudo hacerlas asoman por el ambiente. En ocasiones, una grieta es producto de un golpe fortuito, de un accidente que transcurre a lo largo del ...

Pingüinos.

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  Hace tiempo, hablando con mi hermano, éste me explicó el comportamiento de los pingüinos. Y me llamó la atención el eterno grado de fidelidad que padecen. Son el símbolo del romanticismo, pues desde que se encuentran, completan su vída el uno junto al otro. La sociedad humana deberíamos ser más pingüinos y menos personas. Probablemente los pingüinos posean una madurez emocional más pura que la nuestra, pero también acepto que la madurez otorga, en casi todas las situaciones, un cierto punto de locura. Y esa insensatez pica tanto como gusta. ¿Por qué tanta desconfianza? La respuesta precede a otra pregunta: ¿y qué es la desconfianza si no un acto cobarde y valeroso? porque limita las capacidades cognitivas del sujeto y a su vez le arma de capacidad para enfrentarse a la duda. Una persona con desconfianza tiende al negativismo y, en menor medida, al realismo.  Yo me doy cuenta del excesivo uso que hago de la desconfianza. Pero todavía no he rozado la epide...

Crisis Infinita.

Sufro un terremoto interior desde que me llegaron las palabras. Llegaron y se tumbaron como este jueves lo hace en el calendario. Y esta intromisión en mí mismo me complace y desespera. Y sí, lo admito. Es cierto. Estoy envuelto en una crisis poética de connotaciones mastodónticas. Y sí, también sé lo extremista que puedo llegar a ser. Estiro el brazo hasta el radical, y acariciándolo tiendo a perderme. Mi límite emocional tiende a infinito.  Me considero un proyecto de soñador. Pero de soñador frustrado; porque una persona con una mínima capacidad de ambicionar algo, padecerá intrínseco a su vida un látigo de frustración y quiebro. Como un hilo que se va hilvanando sin aguja, y haces nudos y más nudos indistintamente. Porque todo tiene que hilvanarse, fluir (aunque no lo hace). No me gusta esta sensación. Tampoco me disgusta, pero no me comprendo. Y no comprenderme resulta de una tremenda excitación y ambigüedad. Ambigüedad porque el día tiene muchas horas y yo duermo muy...

Amor platónico.

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Labios de carne, carne erótica en cada palabra, los dibujo suaves, Dibujar sus labios es lo más cercano que estaré de besarla. y mis manos se descuadran. La distancia se quiebra, el lápiz es un alambre, una sensación cercana a la penumbra, a la soledad en balde. Cuanto más la dibuje, y menos palabras nos acudan, y mi tiempo en un reloj se desdibuje, ella no estará a la altura.

Crónica de una muerte anunciada.

Suena la sirena. La ambulancia acaba de llegar a la Avenida de España. Los policías han acordonado la calle, cercando la rotonda donde acaba la avenida, para facilitar la labor de los bomberos. Dos coches están ardiendo, uno de ellos es el de Román y Celia, y ambos están dentro. El otro coche lo habitan tres hombres de mediana edad, todos muertos ahora. -           ¿Por qué haces siempre igual, Román? – dice Celia, instantes atrás. -           ¿Cómo que hago todo igual? Eso es mentira. Yo no soy así – le replica Román, defendiéndose a capa y espada. -           ¡Mentiroso! nunca me demuestras nada. Parece que no me quisieras ... -           ... ¡Cállate! no vuelvas a decir eso, nunca – le corta Román con dureza. -           ¡Pero es que es verdad! ...