Crisis Infinita.

Sufro un terremoto interior desde que me llegaron las palabras. Llegaron y se tumbaron como este jueves lo hace en el calendario. Y esta intromisión en mí mismo me complace y desespera. Y sí, lo admito. Es cierto. Estoy envuelto en una crisis poética de connotaciones mastodónticas. Y sí, también sé lo extremista que puedo llegar a ser. Estiro el brazo hasta el radical, y acariciándolo tiendo a perderme. Mi límite emocional tiende a infinito. 

Me considero un proyecto de soñador. Pero de soñador frustrado; porque una persona con una mínima capacidad de ambicionar algo, padecerá intrínseco a su vida un látigo de frustración y quiebro. Como un hilo que se va hilvanando sin aguja, y haces nudos y más nudos indistintamente. Porque todo tiene que hilvanarse, fluir (aunque no lo hace).

No me gusta esta sensación. Tampoco me disgusta, pero no me comprendo. Y no comprenderme resulta de una tremenda excitación y ambigüedad. Ambigüedad porque el día tiene muchas horas y yo duermo muy despacio. Y no es justo. Excitación porque busco con recelo los picos de creatividad con el fin de componer algo medianamente corpóreo para tener belleza. Y repito: no me gusta esta sensación. Esta sensación de pérdida de la perspectiva.

Busco el sentimiento. Pero toda búsqueda requiere de una técnica. Y lo que yo creía entender por libertad de técnica, ha acabado por convertirse en un elemento contraproducente. ¿Me estoy tomando las pastillas para la enfermedad equivocada? ¿Es el sentimiento un abanico de colores y yo no encuentro la gama adecuada?

Será que solo sé ver a través de la rendija. Una rendija pequeña hasta el exceso. En tal caso, deduzco que no me atrevo a hacer las preguntas adecuadas para las respuestas que se me van a ofrecer.

¿Me falta madurez? ¿Estaré viviendo más en la vida imaginaria que en la real, y por ello no sepa enfrentar la vida si no es con la cobardía como escudo? Es cuestión de percepción. Y mi modo de percibir la realidad es niebla a ratos, cristal a veces. 

Una sensación cercana a la soledad me invade en la penumbra de mi habitación. La luz del flexo ilumina unas notas musicales extemporáneas que rasgan como el cristal las cortezas del tiempo. Me siento solo y sin inspiración. Estoy sumido en una Crisis Infinita de creatividad al haber perdido la perspectiva. 

Mi Crisis es un camino de hiedras sobre el océano en busca del cielo. No sé mirar arriba.

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