Pingüinos.
Hace tiempo, hablando con mi hermano, éste me explicó el comportamiento de los pingüinos. Y me llamó la atención el eterno grado de fidelidad que padecen. Son el símbolo del romanticismo, pues desde que se encuentran, completan su vída el uno junto al otro.
La sociedad humana deberíamos ser más pingüinos y menos personas. Probablemente los pingüinos posean una madurez emocional más pura que la nuestra, pero también acepto que la madurez otorga, en casi todas las situaciones, un cierto punto de locura. Y esa insensatez pica tanto como gusta.
¿Por qué tanta desconfianza? La respuesta precede a otra pregunta: ¿y qué es la desconfianza si no un acto cobarde y valeroso? porque limita las capacidades cognitivas del sujeto y a su vez le arma de capacidad para enfrentarse a la duda. Una persona con desconfianza tiende al negativismo y, en menor medida, al realismo.
Yo me doy cuenta del excesivo uso que hago de la desconfianza. Pero todavía no he rozado la epidermis de mi conflicto. La desconfianza se encuentra en la línea que dibuja la tangente de la empatía, y la empatía es un monstruo con dos cabezas y un único sentimiento. Así pues, mis sentimientos son una prosopopeya que a veces ruge, a veces es una caricia.
Un quiebro emocional se percibe con el paso del tiempo. De repente, un día cualquiera escuchas "crack", y sabes con exactitud métrica qué te está ocurriendo. Se debe comprender que la vida es una continuación que se sucede a sí misma. La desconfianza ante la traición, el engaño, la mentira, es parte del juego. Y en este juego la vida tiene herramientas de aceptación y perdón de usar y tirar, y palabras agrietadas de varios usos.
Hoy vengo a afrontar mi miedo, mi padecimiento. Me aterra la traición, y soy preso del pánico. Últimamente mi capacidad para estirar en el tiempo una emoción por otra persona se había basado en encontrar ironía y otras formas de condescendencia debajo de unas faldas a las que pudiera declarar de interés turístico (ya se sabe que para un viaje corto, cualquier maleta es buena). Y este resultado no es propio de alguien al que considero con la voluntad de enamorarse. Quizás la culpa no sea mía, y le pertenezca una enorme parte a este noviembre tan lluvioso. Quizás haya convertido el paraguas en una extremidad más de mi maltrecho calendario y sus amores de rutina. La lluvia cae y solo sé contenerla y verme reflejado en ella. Pero esta lluvia tan fina es la puta del cielo, y yo, si hay que mojarse, prefiero que sea a borbotones, para calarme hasta los huesos del alma (de un recuerdo futuro) y ahogarme cantando bajo la lluvia, y así en medio de la ola de lágrimas, echar a andar y no dejar huellas dactilares en el epicentro de un charco.
Me duele el paraguas de mojarme, y también de echar de menos algo que todavía no he vivido pero que, sin embargo, lo recuerdo perfectamente.
Algo que me gustaría hacer es besar a una mujer bajo la lluvia. Pero debo extremar mis precauciones, porque soy un enfermo emocional que me guío por el instante, y eso es un arma de doble filo, ya que en un momento de deseo lo querré dar todo incondicionalmente para luego, cuando el final llega (porque siempre llega), apenas dejar retazos de lo que pudo ser amor.
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