Crónica de una muerte anunciada.
Suena la sirena. La
ambulancia acaba de llegar a la Avenida de España. Los policías han acordonado
la calle, cercando la rotonda donde acaba la avenida, para facilitar la labor
de los bomberos. Dos coches están ardiendo, uno de ellos es el de Román y
Celia, y ambos están dentro. El otro coche lo habitan tres hombres de mediana
edad, todos muertos ahora.
-
¿Por qué haces siempre igual, Román?
– dice Celia, instantes atrás.
-
¿Cómo que hago todo igual? Eso es
mentira. Yo no soy así – le replica Román, defendiéndose a capa y espada.
-
¡Mentiroso! nunca me demuestras nada.
Parece que no me quisieras ...
-
... ¡Cállate! no vuelvas a decir eso,
nunca – le corta Román con dureza.
-
¡Pero es que es verdad! nunca me das
cariño, ni me haces regalos ... ni tan sólo un pequeño detalle, por ínfimo que
sea. No tiene que ser material. Con decirme que me quieres basta.
-
Pero yo no soy así. A mí no me salen
esas cosas. Yo soy de otra forma.
-
¡Demuéstrame que me quieres!
-
¡Ah! ¿pero no lo hago? – empieza a
mirar más a Celia que a la calle.
-
Sí, pero de otra manera.
-
¿Piensas que no te quiero?
-
Yo no he dicho eso.
-
¡Pues venga! dímelo ¡dímelo! ... te
falta valor.
-
No tergiverses las cosas, Román.
-
Yo sólo digo lo que siento.
Román y Celia son
una de esas parejas acomodadas en la costumbre. Empezaron a salir tres
inviernos y unos meses atrás. Ambos tienen veintiséis años, mes más, mes menos.
Normalmente en discusiones como esta, una mitad de la manzana cede su parte,
pero esta vez ninguno de los dos piensa dar su brazo a torcer. Cada uno cree
firmemente en su razón, y aunque no se equivocan, no están en lo cierto. Son
demasiado tozudos, y eso en el amor crea conflictos.
Celia es una mujer
de clase media. Muy atractiva, se combina con un carácter tosco para
enfrentarse a los problemas de a pie con decisión. “Hay que agarrar al toro por
los cuernos” se dice siempre, para reafirmarse un poco más. Trabaja como
profesora de Lengua Castellana y Literatura en el Instituto de Educación
Secundaria: “Tomás Navarro Tomás”. Es una funcionaria con aspiraciones a más y
una vena frustrada, la de escritora, de poemas. De ahí su profesión.
Román es un hombre
de altas rentas. Proviene de una familia de reconocidos abogados, los García,
que en sus generaciones fueron los mejores funcionarios del Derecho. Él es un
caballero arrogante al que siempre se le ve el peluquín. Tiene muchos miedos.
Ante todo se teme a sí mismo, por conocerse demasiado, o todo lo contrario.
-
A veces tendría que callarme y no
decir nada – se dice Celia a sí misma, pero Román la escucha.
-
No. Eso nunca. No te calles. Me
dolería más no saberlo. ¿Sabes qué? creo que no me conoces.
-
Te equivocas, te conozco muy bien,
tal vez demasiado.
-
¿Qué quieres decir con eso?
-
A lo mejor tendríamos que darnos un
tiempo.
-
¡¿Me estás dejando?!
-
¡Digo que nos tenemos que dar un
tiempo! ¡Necesito pensar! y tú también.
-
¿Y qué tienes que pensar?
¡¡¡ CRASH !!!
El coche de Román se
salta un paso de cebra y se empotra con otro coche que circula en frente. El
impacto ha sido tremendo. La calle se ha envuelto en un atónito silencio que ha
dejado sin fuerza al resto de sonidos. Del silencio florecen un murmullo por
las calles. Los dos coches se han subido a la fuente que dibuja la rotonda. El
estruendo ha sido aterrador. Un aluvión de palomas rompe el silencio, los murmullos,
el sonido, volando en manada a lo alto del cielo, justo por encima del
accidente. Los coches están ardiendo, y la fuente está desbordada, fracturada
en tres partes. Un tumulto de gente hace coro para ver lo sucedido. Nadie es
capaz de hacer algo por ayudar, todos están convulsionados por el choque de las
maquinas. La escena adquiere cada vez más acentuadamente un matiz dramático.
Suena la sirena. La
ambulancia acaba de llegar a la Avenida de España y se detiene a pocos metros
de la fuente. Los policías acordonan la rotonda, colapsando así las demás
calles, e incluso aceras, de tráfico.
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