Estoy tremendamente ilusionado con este nuevo proyecto, y por ello quiero compartir algo mío que publicaron en una Antología Albaceteña bajo Ediciones "Que Vayan Ellos". Un poco de alegría veraniega.
Sufro un terremoto interior desde que me llegaron las palabras. Llegaron y se tumbaron como este jueves lo hace en el calendario. Y esta intromisión en mí mismo me complace y desespera. Y sí, lo admito. Es cierto. Estoy envuelto en una crisis poética de connotaciones mastodónticas. Y sí, también sé lo extremista que puedo llegar a ser. Estiro el brazo hasta el radical, y acariciándolo tiendo a perderme. Mi límite emocional tiende a infinito. Me considero un proyecto de soñador. Pero de soñador frustrado; porque una persona con una mínima capacidad de ambicionar algo, padecerá intrínseco a su vida un látigo de frustración y quiebro. Como un hilo que se va hilvanando sin aguja, y haces nudos y más nudos indistintamente. Porque todo tiene que hilvanarse, fluir (aunque no lo hace). No me gusta esta sensación. Tampoco me disgusta, pero no me comprendo. Y no comprenderme resulta de una tremenda excitación y ambigüedad. Ambigüedad porque el día tiene muchas horas y yo duermo muy...
La gente me pregunta muy a menudo por qué quiero a mi pareja, qué me enamora de Ella. Ella puede estar completamente rota por dentro y, aún así, ser capaz de rearmarse día tras día. Hace, de la felicidad, su constancia. Sabe que hay tristeza en el Mundo, pero eso no le impide sonreír, porque entiende que la sonrisa es una herramienta para exigirle a las personas un compromiso de solidaridad, un ejercicio de optimismo y fortaleza. Si una persona te sonríe, tú le devuelves la sonrisa. Eso es un automatismo. Pero con ella, la sonrisa se te instala en la cara durante el resto del día. Ella sabe que hay miseria en el Mundo. Sabe en qué clase de planeta vivimos. Sabe que por sí sola no podrá cambiar el Mundo, pero intentará cambiar el Mundo de, al menos, una persona. Y yo tengo el privilegio de ser esa persona, de contemplarla, de admirarla, e incluso de acariciarla. El abrazo en ella se sobredimensiona, se hace verbo y lagarto, nutre de vida incluso el páramo denso y...
Me encontraba clavado en la silla. Y sentía el Mundo desparramarse por mis manos como las lágrimas de un río que nace y muere al mismo tiempo. Esas lágrimas que caían como gotas de almendra, estaban cada una de ellas construidas con vocales y consonantes. Chocaban unas con otras y formaban palabras. Se derruían como el cemento avocado con estrépito contra el suelo, y el sonido que dejaban tras su paso corría como un eco centelleante y corpóreo de vida hacia mis oídos. Dicen que una palabra no existe si nadie la pronuncia. Tampoco tiene valor si en su movimiento ciclotímico nadie la escucha. Siquiera pensarla sirviera de algo. Toda palabra está cargada de propósito, y mal que nos pese, debemos aceptar su destino. No somos más que los carteros de la comunicación. Asumamos la realidad como una consecuencia ineludible de la vida misma. Y vivamos en consonancia con ello. Porque estar triste es un imperativo categórico que se sucede en el calendario repetidas vec...
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