Estoy tremendamente ilusionado con este nuevo proyecto, y por ello quiero compartir algo mío que publicaron en una Antología Albaceteña bajo Ediciones "Que Vayan Ellos". Un poco de alegría veraniega.
Sufro un terremoto interior desde que me llegaron las palabras. Llegaron y se tumbaron como este jueves lo hace en el calendario. Y esta intromisión en mí mismo me complace y desespera. Y sí, lo admito. Es cierto. Estoy envuelto en una crisis poética de connotaciones mastodónticas. Y sí, también sé lo extremista que puedo llegar a ser. Estiro el brazo hasta el radical, y acariciándolo tiendo a perderme. Mi límite emocional tiende a infinito. Me considero un proyecto de soñador. Pero de soñador frustrado; porque una persona con una mínima capacidad de ambicionar algo, padecerá intrínseco a su vida un látigo de frustración y quiebro. Como un hilo que se va hilvanando sin aguja, y haces nudos y más nudos indistintamente. Porque todo tiene que hilvanarse, fluir (aunque no lo hace). No me gusta esta sensación. Tampoco me disgusta, pero no me comprendo. Y no comprenderme resulta de una tremenda excitación y ambigüedad. Ambigüedad porque el día tiene muchas horas y yo duermo muy...
La gente me pregunta muy a menudo por qué quiero a mi pareja, qué me enamora de Ella. Ella puede estar completamente rota por dentro y, aún así, ser capaz de rearmarse día tras día. Hace, de la felicidad, su constancia. Sabe que hay tristeza en el Mundo, pero eso no le impide sonreír, porque entiende que la sonrisa es una herramienta para exigirle a las personas un compromiso de solidaridad, un ejercicio de optimismo y fortaleza. Si una persona te sonríe, tú le devuelves la sonrisa. Eso es un automatismo. Pero con ella, la sonrisa se te instala en la cara durante el resto del día. Ella sabe que hay miseria en el Mundo. Sabe en qué clase de planeta vivimos. Sabe que por sí sola no podrá cambiar el Mundo, pero intentará cambiar el Mundo de, al menos, una persona. Y yo tengo el privilegio de ser esa persona, de contemplarla, de admirarla, e incluso de acariciarla. El abrazo en ella se sobredimensiona, se hace verbo y lagarto, nutre de vida incluso el páramo denso y...
Querido Juan. Han pasado dos días, quince horas y veinticinco minutos desde que te fuiste, y hoy, ahora, por fin, tengo valor para escribirte. Porque entre tú y yo siempre existió la palabra. El verbo, la pausa, el predicado más que pensado, la palabra recapacitada, las cartas kilométricas que nos enviábamos y de las que siempre esperábamos respuesta. Hoy, ahora, por fin, tengo valor para escribirte la última carta. La que te debía. Hace diez años que nos conocemos, y hace cinco años que nos hicimos uña y carne. "El punto y la i", "el alto y el bajo", "Quijote y Sancho Panza". Cuántas formas tenía la gente de definirnos. Para mí, éramos "el amigo y el amigo". Tan rematadamente distintos, y tan desesperadamente necesitados el uno del otro. Lo fascinante era canalizarnos. Comprender la magnitud de lo que el otro sentía y hacerlo propio. Tendrás que disculparme, pero estoy seguro de que, de todas las cosas que pueda enumerar que ...
Comentarios
Publicar un comentario